Como fiel alumno de la escuela choqueadora de Los Chinchorros –con permiso de ilustres caleteros y del Rector Magnífico de Servandito–, me gustaría compartir algunos detalles en torno al choco, que aún por conocidos no están exentos –creo– de interés.

Su palabrota latina es Sepia officinalis, sepia a secas para tres cuarto de la Península Ibérica y choco para el cuarto restante. El color llamado así que hoy día nos permite virar "a sepia" nuestros retratos, se obtiene a partir de la tinta que el animal posee.

Deducir que los mejores ejemplares de chocos se dan en la provincia de Huelva, sólo por el hecho de que su gentilicio coloquial así lo proponga, es una magnífica estupidez, porque aguaje viene de agua, cierto, pero brebaje no viene de breva. ¿A que no? Por esa regla de tres, las mejores caballas serían las de Ceuta, no las caleteras, que por cierto se pescan a varias millas de la playa que le confiere su marchamo (¿?).

Ninguna provincia da un choco mejor que otro. ¡Hombre!, Cádiz lo da mejor que Teruel, pero ya está. El choco llega al Golfo de Cádiz, se asoma a la ensenada de Bolonia, escruta la playita de las Mujeres, verilea por el poniente almeriense, de Aguadulce a Roquetas, nada desde Ayamonte hasta Faro y se deja ver en las orillas de todos los litorales, españoles, marroquíes y de ultramar.

En verdad no "llega" (él ya está), lo que hace es abandonar las profundidades y buscar la orilla. Para que nos percatemos de su presencia, sólo hace falta un requisito: que las bandas de cornetas y tambores que ensayan en el Colegio del Campo estén a punto de tocar sus acordes; que los capillas estén en capilla (de salida), que las habas asomen verdes por nuestras fértiles huertas chiclaneras y roteñas. O sea: que llegue la primavera. No falla. Como una noria, ahí están ya asomando sus bigotes, con su elegante forma de navegar, en un fantástico ballet de colores tinteneantes, mostrando un manto de cebra marrón y blanco, adoptando miles de formas y propuestas cromáticas, en delicada y sutil mimesis.

A veces vienen solitarios (las menos) y otras en pareja, como los de la Benemérita (las más). Vienen a desovar sus verdaderos huevos negros muy fáciles de ver y reconocer en las orillas como racimos de uva moscatel. En ocasiones, cuando los huevos están a punto de eclosionar, pierden la piel negra que les reviste, a partir de la sustancia de la tinta y presentan una esfera llena de líquido amniótico, dentro de la cual se mueve un choquito con toda la gracia que la naturaleza le ha concedido.

Si usted tiene la suerte de encontrarse los huevos así, devuélvalos inmediatamente al agua, asegurándose que alcanzan aguas profundas, o deposítelas en un acuario salino para después hacer lo anterior. Pero no se le ocurra meter en un acuario los sabrosos medallones blancos que a usted le venden en bares bajo el nombre de "huevo de chocos", porque jamás de ahí saldrá nada. Hágame caso.

El léxico gaditano emplea, además de choco, varias formas más de denominarlos, siempre en función de su dimensión: jibia o jibiote cuando sobrepasa el kilo y medio y almendrita cuando es del tamaño de mano. La collera o pareja de chocos suele cumplir una proporción más o menos estandarizada: el macho mayor y la hembra más corta, aunque a veces se invierten los términos. En ocasiones, parece que el mundo swinger ha entrado en la sociabilidad del cefalópodo, por lo que no es raro ver a una hembra rodeada de varios machos dispuestos a hacer un trío o un gang bang en toda regla…

Para la captura del choco se emplean distintas técnicas sujetas a diferentes artes. Voy a ceñirme en la que a mí, por distintas razones, me parece más gaditana: choquear, es decir capturarlos –cazarlos sería su palabra más exacta– en su propio hábitat, aprovechando las fases intermareales. Lo que toda España conoce por tridente, aquí (en Cádiz) le llamamos francaó, francajo o pinche. No sólo son voces mucho más bonitas, también son mucho más precisas en su descripción: mi francajo –por ejemplo– tiene cuatro dientes, por lo que nunca alcanzará rango de "tridente".

Una vez empuñada el arma se necesita una canasta que colgaremos en bandolera y en la que transportaremos los tarros de aceite quemado que nos servirá para la visibilidad del agua. El simple hecho de choquear de noche o de día ya requiere técnicas diferentes. Voy a describir la nocturna que es, con mucha diferencia, la más fascinante.

Para alumbrarnos necesitamos una fuente de luz constante. La mejor nos la va a proporcionar la lámpara de carburo. La calidad de su luz amarillenta no la encontraremos en ninguna otra fuente, el radio de acción que alumbra en la poza es considerablemente mejor que el que proporcionan las linternas o los camping-gas. Tiene en su contra que las lámparas de carburo hace tiempo que han pasado a ser auténticas piezas de museos, toda vez que la única fábrica española que había en el País Vasco de carbureros (FISMA), cerró sus puertas en los finales años noventa. Sólo la espeleología y cuatro locos románticos seguimos usando el carburo, sin decirle al "enemigo"–claro está– dónde se compran las preciadas piedras de carburo. El bueno de Freire hace tiempo que dejó de tenerlas.

¿Qué agente primordial va a ser determinante para choquear?, pues que el agua esté clara y ello va a depender de distintos factores, por ejemplo el viento; o por ejemplo la mar de fondo. El poniente puro cuando sopla deja las aguas muy transparentes al vaciar la marea. El levante también, pero menos y si combate muy fuerte se carga todo el aguaje. El sur: depende, aunque nunca llega a alcanzar la transparencia que deja el poniente.

Si el agua está clara y el viento ha caído, estaremos ante las condiciones idóneas para choquear, porque veremos el agua tal como se ve un acuario a través de un cristal (la ausencia de viento sólo suma en su contra que las fosas nasales del mariscador aspirarán mucho más el gas acetileno y los mocos, luego, le saldrán negros en vez de verde). Pero si hay viento, aún estando el agua clara, las rizaduras que se producen en la superficie nos impedirán ver el fondo, de la misma manera que el cristal esmerilado de un cuarto baño nos impide ver con nitidez a la vecina rubia, güena, del tercero cuando viene de la playa.

Para conseguir anular ese efecto de cristal esmerilado, hemos de usar una sustancia menos densa que el agua, que flote en la superficie y sea capaz de anular la rizadura o cabrillaje. Y ésa es el aceite. Aviso para chovinistas: esto no es un invento gaditano: desde tiempos inmemoriales los pescadores de coral de la Polinesia efectuaban la inmersión con un buche de aceite en la boca que iban soltando delante de sus ojos para conseguir bajo el agua el efecto de "las gafas" de bucear convencionales. Cuando el aceite se echa en la poza hay que volver a tener muy en cuenta la dirección del viento, siendo de suma importancia lanzarlo desde la misma orilla del punto cardinal opuesto a la dirección en la que iremos choqueando, de lo contrario, cualquier piedra o saliente que se interponga nos romperá el efecto y habrá que empezar de nuevo.

Los chocos son maestros del camuflaje y hay que familiarizarse con él y con sus formas. Gustan de resguardarse en las lajas, de navegar por los canalizos o simplemente de estar plantados sobre una piedra o lecho de arena y guijarro. Algunos tienen "el C.O.U. acabao", en el sentido que saben latín y parte de griego, pues son extremadamente desconfiados (escardaos); otros ni se inmutan con tu presencia, no ya porque la luz les ciegue (que en parte sucede por tener un ojo grande) sino porque adoptan una peculiar forma "posados" arriba de la piedra sumergida, sobre todo cuando la marea está empezando a llenar.

Un comportamiento ancestral y atávico lleva el choco codificado en su cerebro desde miles de años, seguramente para preservar la especie: la fidelidad ciega que el macho le profesa a la hembra, hasta el punto de permanecer al lado de ella una vez que ésta está clavada por el francaó. Esto contrasta con la huida despavorida que ella emprende cuando el macho es atravesado.

Esta actividad marisquera de choquear (el choco es un molusco, por lo tanto un marisco) se viene practicando en Cádiz desde tiempos inmemoriales. Lo atestiguan las distintas publicaciones decimonónicas, algunas de ellas conservadas en nuestros archivos y hemerotecas. Cádiz tuvo también, junto a su gran tradición almadrabera, una gran actividad de explotación del corral de pesca, tres de los cuales estaban dentro de su propio término municipal: uno en la playa de los Corrales, llamada así por el Corral de Atero visible en la planimetría gaditana del siglo XVIII; otro situado en la Caleta que es perceptible en los grabados de Hofnaelgen (más o menos se escribe así) del siglo XVI y otro ubicado en la actual Barriada de la Paz (por eso la asociación de vecinos de allí se llama Los Corrales). Una bonita copla flamenca, recopilada en Cádiz en el siglo XIX, referida a Santa María del Mar y que explica lo "de las mujeres", decía así:

Niña si te vas a bañar
no lo hagas en Los Corrales
que en lo alto de la Peña
están los municipales.

A comienzo de los años noventa empezó a proliferar en nuestras costas, sobre todo en las campogibraltareñas, un intrusismo en la captura del pulpo, al dedicarse las embarcaciones deportivas a su pesca indiscriminada, haciéndole una competencia desleal a la flota pesquera profesional, además de incurrir en un delito, pues cada barco de recreo vendía el pulpo en las lonjas, reventando así el mercado.

Su captura se realizaba con pulperas hechas de tubos cilíndricos rellenos de plomo que albergaban varias poteras de anzuelos, encarnados a su vez con sardinas. El barco iba a la deriva buscando un fondo de arena y cascajo y la media de kilos de pulpos capturados ascendía a 150 kilos por embarcación, algunos incluso llegando a los 300. Evidentemente esto era un disparate de proporciones enormes que había que frenar.

Pero he aquí que llegaron los listos e iluminados de la Junta de Andalucía, los políticos de sillón, nacidos en el coñotita, que lo más parecido a una escama que han visto en su vida es su propia caspa y en el Parlamento andaluz, con la connivencia y el silencio de los ecologistas (¡ojo al dato!), sacaron adelante una ley que prohibía terminantemente la captura de TODOS LOS CEFALÓPODOS a los pescadores y/o mariscadores no profesionales en todo el litoral andaluz. De un plumazo y "alfavóporcojone" se cargaron una actividad que se pierde en la memoria de nuestros antepasados, tradicional y absolutamente sostenible y respetuosa con el medio ambiente. Mataron moscas con bombas de racimo; y pagaron (estamos pagando) justos por pe(s)cadores.

Andalucía, junto a Murcia, es para su vergüenza y ejemplo de nefasta legislación, las dos ÚNICAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS de toda España que prohíben la captura de cualquier cefalópodo a los no profesionales. Y todo sin un estudio científico detrás que avale tamaño despropósito, es decir, como si hubiesen suprimido los permisos de conducir cuando se produjo el fenómeno de los coches suicidas.

Desde estas modestas líneas, reivindico mi derecho a choquear. Lo mismo que un ministro puede irse de cacería y matar cochinos-jabalís, ciervos y cabras después de estar en su despacho; de la misma manera que un político catalán se va con la cestita de mimbre a cualquier Mont para coger setas tras redactar promesas que luego no cumplirá… yo, tras buscarme las habichuelas como mejor sé en la radio, RECLAMO, DEMANDO, REQUIERO y EXIJO enérgicamente mi derecho irrenunciable e intransferible de choquear todas las primaveras como hicieron nuestros tatarabuelos y bisabuelos, respetando tallas y vedas, conversando con las piedras, llamándolas por su nombre, dejando que la marea escurra bien, saludando a las correlimos que corretean por la Laja del Paso, viendo al cangrejo detrás de la piedra, al bodión que se acuesta, hincharme los pulmones de yodo salino, viendo a oscuras las dos luces del Faro de San Sebastián, aceptando la oscuridad, como se acepta el trueno, el viento o el rayo, antes que la ordinaria de Teófila le ordene a sus acólitos que enciendan la playa Victoria, como un burdel de papel cuché, vomitando contaminación lumínica.

Tenemos lo que nos merecemos. En Cataluña existiría la Fundación Etnológica de Els´choqueadors, en la que se expondrían utensilios en vitrinas, se divulgarían técnicas, habría cursos medioambientales, conferencias, mesas redondas y una línea editorial recopilaría la información marisquera.

Aquí hay persecución, ignorancia, desprecio, atropello, ausencia de sensibilidad y con los Torquemadas del Seprona amenazando con el hierro candente de la multa de 3.000 euros.

Con todo, usted seguirá viendo unas luces en las rompientes de la Caleta, del Chato, de los Corrales. Acuérdese, no son delincuentes; antes bien son honestos y pacíficos choqueadores, que al margen de una torpe ley, forman parte del paisaje de la memoria de la ciudad.

Javier Osuna García.
 

En recuerdo de "El Luiti" Valdés, el más grande maestro mariscador que Cádiz ha conocido.