Hoy, mientras fumaba el cigarrillo del desayuno, probablemente el más impactante, en la terraza de casa, aprecié que la primavera lo ha inundado todo y ha cubierto de verde chillón las moreras del parque y le ha dado un estirón a la buganvilla que trepa por la tapia que lo delimita, mientras una multitud de pájaros se ocupan de la banda sonora de este paisaje tan bucólico. Y observando unos cipreses que están justo delante de mi, observo como dos alcaudones se han posado en cada uno de los vértices de los árboles de la bienvenida griega. Me he absorto en recuerdos de la infancia donde estos pájaros interpretaban el triste papel de víctimas y eran codiciados como presas de caza y futuras albondiguitas fritas y crujientes.

Apenas llegaba al metro de estatura y la infancia se desarrollaba en la calle. No había videoconsolas, no había vídeos, no había consolas, no había televisión. A los sumo una "óptimus" o una "telefunken" en mueble de madera con rejilla de arpillera sofisticada por donde salía la voz de "amarrosa", "el parte", "el zorro" o "el criminal nunca gana" en las emisiones sabáticas. Esa era la única tecnología de la época. El universal bolígrafo "bic" era un instrumento de vanguardia que pocos podían disfrutar como pieza cercana a las maravillas del futuro que aparecían en las películas norteamericanas. Y en este marco y llegada esta estación del año, mi hermano y yo nos íbamos a la zona recién rellenada que más tarde sería la "Barriada de La Paz". El nombre popular correspondía a la empresa que había conformado la enorme parcela sustraída a la bahía gaditana. Dragados, sin más, era el nombre asignado a este páramo relleno de tierra de albero extraída del portuense cerro de San Cristóbal, que ocupó el Bosque, pequeña arbolada que rodeaba a la fábrica de pinturas suministradora de los Astilleros de Cádiz, y dejó en secano el baluarte de "los flechas navales" donde se formaban las juventudes franquistas de espíritu militar, eso sí, cara al sol que era muy reconstituyente a falta de otra cosa que llevarse a la boca.

Por la mañana recogíamos unos gusanitos que llamábamos "pelillos" por su color amarillo y de cuerpo duro, entre la tierra cercana a los edificios de nuestro entorno. Era fácil, el asfalto apenas se conocía y la avenida "López Pinto", estaba adoquinada, tan solo algunas calles lucían alquitrán que así se conocía al manto negro por donde circulaban la DKW de la fábrica de gaseosas y sifones "La Alianza" , el Ford de los años treinta que recogía los cubos de basuras a cualquier hora del día y el motocarro "Iso" del Sopa, que junto con su hijo pregonaban las caballas caleteras, con voz quebrada, propia de abonado al "Machaquito" matutino, "Caballaaaaaaaaaaaaaass, pa asarlas", "Caballaaaaaaaaaaaaaaas caleteras", "A peseeeeeeeeeeeeeeeeta".

Mi madre se acercaba al motocarro del Sopa y aguardaba la cola de mujeres que compraban las caballas de cabeza tronchada, característica que hacen de las caballas caleteras únicas. Simplemente cuando se pescan a pocas millas de la costa se les troncha la cabeza y se evisceran, desangrándose rápidamente y vertiéndolas en un cubo con agua. Así permanecen frescas hasta llegar a tierra donde se venden a continuación. La manera natural de prepararlas era simplemente asadas en el anafre de picón y carbón. Mientras se asaban se preparaba una piriñaca con verduras de la huerta de Rota. Pimiento verde, cebolla larga y tomate maduro aderezado con sal, vinagre de la bodeguita de Palomino & Vergara y aceite de oliva verde y turbio.

El resto de las calles eran de tierra apisonada y de ella sacábamos los apreciados "pelillos" que serían el reclamo para los pájaros de "dragados". Cinco de ellos eran suficiente para las trampas que pondríamos. Encerrados en un tarro de cristal con la tapa perforada para su oxigenación, cinco trampas de alambre que fuera de Cádiz llamaban "perchas", y nos íbamos a "dragados". En lugares que pensábamos estratégicos colocábamos las trampas con los "pelillos" de señuelo retorciéndose entre la presión del alambre. Alejados de ellas observábamos los trozos de caña clavadas en el suelo y que servían de referencia en la lejanía de las ubicaciones de las trampas. Pacientemente esperábamos hasta que algún gorrión, o mejor un alcaudón, acudiera al reclamo del "pelillo" y cayera en la trampa. A pesar de nuestra paciencia rara vez acudían a las trampas, y simplemente merodeaban alrededor de ellas sin llegar a picar. Aburridos volvíamos a casa con la intención de volver por la tarde. Sobre media tarde acudíamos de nuevo a revisar las trampas. Los "pelillos" seguían retorciéndose y los pájaros imagino que descojonados de risa ante el espectáculo de nuestras caras y las expectativas de irnos de vacío como así era la mayoría de las veces.

Desenterrábamos las trampas y liberando a los fieles gusanos los dejábamos en la tierra, desde donde nos agradecerían su liberación, quiero imaginar.

De vuelta a casa nos volvíamos a ilusionar por qué, y eso era lo importante, nos esperaba la merienda. Por la tarde se vendía en el ultramarinos cercano pan de reciente hornada. Mi madre me daba dinero para la compra de un "manolete" que pedía al almacenero y que aún estaba caliente. En casa se cortaban los dos picos a unos ocho o diez centímetros del centro del pan y mi hermano y yo, cada uno con sendos picos, vaciábamos el contenido de miga de su interior, respetando que lo extraído quedara en una sola pieza. En el pozo habilitado, mi madre incorporaba aceite de oliva de olor peculiar a almazara, verde intenso, turbio y de graduación desconocida. Sobre él, le añadíamos azúcar y volvíamos a taponarlo con la miga extraída previamente. Aquella maravilla de merienda quedó denominada POCITO y durante muchos años de mi tierna infancia formó parte de mí y representó el destino de mi ausencias de dudas a la hora de merendar. Tan solo y rara vez, se alternaba con una onza de chocolate "Eureka" que se comía en bocadillo de mucho pan y poco chocolate. Este preparado representaba uno de los productos estrella de la extinta Panificadora Castro, que los vendía al precio de dos reales (50 céntimos de peseta) entre sus propios despachos y en ultramarinos. Con forma abovedada, rectangular, lucía sobre la "bóveda de cañón" la palabra grabada "Eureka". De color marrón oscuro mate y de textura terrosa, delataba la escasa cantidad de cacao y la abundancia de harinas. Hoy únicamente pasaría el control sanitario, pero ninguna calificación de calidad.

Por ello, la sugerencia mas atractiva para la merienda era, como no, el pocito de aceite. La mala "jornada de caza" estaba sobradamente compensada con una merienda de pocito de aceite. De él, lo más apreciado era el tapón que se degustaba lentamente, saboreando la mágica mezcla de azúcar y aceite. Acabado el tapón nos enfrentábamos al resto con menos profusión, pero con la suficiente como para acabar con él tan rápido que recibíamos la reprimenda verbal de: "niño, que deprisa comes. Te va a sentar mal la merienda".

Mi madre compraba este aceite en el economato de los Astilleros, ya que mi padre, como el 75% de la población gaditana, era empleado de la industria más importante de la bahía. Yo la acompañaba en calidad de mulo de carga, para poder llevar a casa la compra del mes. Me daban una garrafa cilíndrica, de vidrio diáfano, de cinco litros de capacidad y con una pequeña asa por la cual solo cabían dos de mis dedos. Con ella llegaba al mostrador del economato y un operario con mono de astilleros hacía girar una manivela que accionaba un émbolo que aspiraba el verde aceite a un cilindro de vidrio. Una vez el nivel había alcanzado la marca de un litro, giraba la manivela en sentido contrario y el preciado aceite surtía por una boquilla metálica que estaba abocada en mi garrafa. Con cinco emboladas se llenaba y separándola del surtidor me la daba para que yo metiera por el asa los dedos y comenzara mi sufrimiento con la pesada carga hasta llegar a mi casa.

Una vez en ella, el aceite se depositaba en una tinaja que serviría de depósito para uso cotidiano y mi preciado pocito. Con el tiempo, los posos del aceite formaban una borra que periódicamente se empleaba para fabricar jabón verde con sosa cáustica. Nada se desperdiciaba y hace algunos años, pude oír a un cocinero, filántropo, de familia blasonada y vasta cultura, que dicha borra se empleaba en Sanlúcar de Barrameda para freír su exquisitas acedías y con ello alcanzaran las más altas cotas en las frituras de pescado.

Mi hijo nunca probó el pocito, quizás con ello se haya perdido nuestro tradicional vínculo con la más rancia tradición de alimentación mediterránea.

 

- En honor de mi amigo Rafael, quien como yo, quedó harto de la harina, socia del escaso cacao, del chocolate Eureka.-