Me ha llamado siempre mucho la atención el valor que se le ha dado a las "tradiciones" como seña de identidad de un pueblo, hasta tal punto que, para distinguirse de otros o, incluso, para considerarse superiores, se enarbolaban banderas sobre la singularidad de cada tradición.

Pero, pensándolo bien, uno llega a la conclusión de que, al fin y al cabo, las tradiciones tienen su origen en la repetición de actos durante generaciones, y esos actos pudieron tener o no su origen en la zona en que se perpetuaron, con lo cual, aunque esa reiteración de actos sea típica de un lugar, muchas de ellas nacieron en otros sitios que, o también conservan esa tradición, o la perdieron en un momento dado, o se trató simplemente de un hecho aislado que tuvo lugar durante un, más o menos, breve lapso de tiempo, sin que cuajara entre la sociedad la idea de continuidad.

De esta forma, resulta que muchas veces presumimos de tradiciones que ni siquiera ideamos y las reverenciamos como si fueran una seña de identidad, haciendo de menos, y eso es lo peor, a otras tradiciones similares, pero que no son nuestras.

Sin embargo, las tradiciones no entiendo que determinen la identidad de un pueblo, porque la mayoría de las tradiciones que tenemos, aunque, ab initio, no nos demos cuenta de ellas, son comunes a casi todos los pueblos de nuestro entorno, y cuando hablo de entorno me refiero a entornos muchas veces muy amplios, tan amplios que en su momento se acuñó el término "aldea global" como una consecuencia de la explosión de los medios de comunicación ¿Y qué es la globalización sino una comunicación (Y perdón por apropiarme de este término sociopolítico) de tradiciones?

Porque la realidad es que la mayor parte de lo que hacemos deriva de tradiciones, ya sean fiestas o celebraciones, ritos, comportamientos, comidas, etc. y resulta que, al final, seguimos decenas (O cientos) de tradiciones de manera habitual y sin darnos cuenta. La globalización hace que las costumbres de unos y otros se mezclen y se adopten tradiciones que nunca tuvieron arraigo en nuestro entorno (Piénsese, por ejemplo, en la fiesta de Halloween -jalogüin para los amigos-).

Y aquí quiero hacer un inciso porque sé que los sociólogos distinguen entre tradiciones y costumbres, dando a aquellas una carga moral que constriñe a las personas a observarlas sin salirse de lo que se considera correcto y con una ascendencia ancestral, lo que restringiría muchísimo lo que se considera tradición. Pero si atendemos al léxico popular, al final la palabra tradición se emplea con una frecuencia tan grande que tiende a suplantar, en no pocas ocasiones, al término costumbre, que vendría a designar usos cotidianos que, si no son observados, tampoco ello va más allá de poder considerarse como una desconsideración o mala educación.

Limitándonos al ámbito gastronómico, las tradiciones se pueden considerar, o de manera general, como una forma de comer o cocinar de una zona, o de una manera relativa, refiriéndonos a aspectos concretos de la gastronomía, y entonces hablamos de que tal comida o tal alimento son tradicionales de la zona, olvidando que la mayor parte de lo que comemos ya lo veníamos comiendo desde la niñez y también los comieron nuestros padres y abuelos. Es decir, casi todo es tradición, y sólo se salen de esa tradición los alimentos nuevos que los medios de transporte han puesto a nuestro alcance o las preparaciones que hemos aprendido a través de los medios de comunicación, principalmente.

Si la tradición es la transmisión de ideas, costumbres noticias, etc. mantenidas de generación en generación ¿Cuántas generaciones hacen falta para que se considere que existe la tradición? ¿Dos, tres, cuatro …? La consideración de ancestral hace referencia a nuestros antepasados, y nuestros padres son antepasados nuestros (Una sola generación), pero una segunda acepción del Diccionario de la RAE hace referencia a "remoto", uniendo dicho término a "tradicional" ¿Cuán remoto, pues?

De hecho, muchos pueblos consideran tradiciones que sólo llevan implantadas entre ellos una o dos generaciones, y los ejemplos los tenemos muy a mano ¿Cuántas veces se ha hablado gratuitamente de que las barbacoas del Carranza son tradición cuando hace treinta años las hacían tres gatos? Y treinta años sólo conforman una generación.

Así pues, despeguémonos de los tecnicismos y vayamos a la consideración popular que se da a las tradiciones, que es un poco más ambigua que la consideración académica, al menos en lo relativo al tiempo.

He escuchado, en no pocas ocasiones, que tal cosa no es tradicional de Cádiz cuando resulta que se viene comiendo o haciendo desde hace uno o dos siglos, pero como tiene mayor raigambre o predicamento en otros lugares, eso ya no es una tradición gaditana.

Uno de los supuestos más paradigmático es el de los buñuelos en tosantos, pues aunque yo siempre los conocí en Cádiz, resulta que son bastantes las personas que me han dicho: "eso no es una tradición gaditana".

Es evidente que, comerse, se comen, pues las confiterías se llenan de buñuelos de viento rellenos cuando llegan los tosantos, si bien no se vuelven a ver en el resto del año ni se suelen elaborar en las domicilios particulares, pero esto es prácticamente una constante en todos los sitios, por un lado porque son pocos los lugares en los que los buñuelos de viento rellenos se mantienen a lo largo del año y, en cuanto a la elaboración particular, porque se trata de trabajosos de llevar a cabo y consume bastante tiempo su elaboración.

Que en Cádiz siempre han existido buñolerías es sabido. A finales del siglo XVIII se contabilizaban por decenas. Otra cosa es qué tipo de buñuelos se hacían, aunque teniendo en cuenta que las masas no han cambiado demasiado en este tiempo, es fácil colegir que serían los antecedentes de las porras o los buñuelos de viento, entre otros.

El tema de los rellenos dulces quizás sea más reciente. porque lo acostumbrado era mojarlos en algo dulce o rellenarlos de algo salado, cuestiones en las que tendría que profundizar más, algo que intentaré hacer para confirmar (o rectificar) mis impresiones anteriores.

En cualquier caso, los buñuelos de tosantos forman ya parte de los recuerdos de mucha gente (Me refiero a los de siempre, los fritos, y no los horneados, especies de petisús, que no tienen nada que ver con aquellos y que, desgraciadamente, proliferan ahora en detrimento de aquellos).

Y, dada la época en que estamos, prefiero terminar con esta mención de los buñuelos porque ya se me está haciendo la boca agua pensando en hacerme unas cuantas docenas y mantener la tradición (al menos la mía) con los amigos.